Todo fachada
El patriotismo de pega frente al que construye país.
En tiempos en los que la palabra patriota se utiliza con ligereza y frecuencia, conviene detenerse a reflexionar sobre su verdadero significado. Muchos se autoproclaman patriotas sin cuestionar si sus actos están en consonancia con aquello que afirman defender. La etiqueta se ha convertido en un recurso fácil, en un símbolo que algunos utilizan para construir una imagen pública de compromiso, cuando en realidad sus acciones van dirigidas únicamente a beneficiar sus propios intereses. Sin embargo, para otros, el patriotismo es algo mucho más profundo y exigente; es un principio que guía conductas cotidianas y orienta la relación con los demás y con la comunidad. Para entenderlo, es necesario trascender los tópicos y mirar hacia lo esencial: el patriotismo auténtico se mide por la capacidad de contribuir al bien común.
Para mí, ser patriota es, ante todo, trabajar por construir un país mejor para todos. No se trata de discursos grandilocuentes ni de proclamas impulsivas, sino de acciones concretas que transforman la realidad. El patriotismo real comienza en los gestos cotidianos: ayudar a un vecino, colaborar con la comunidad, implicarse en la mejora del entorno. “Son los detalles cotidianos, los gestos de la gente corriente, los que mantienen el mal a raya; los actos sencillos de amor” (Gandalf el Gris, El Hobbit: un viaje inesperado). Ser patriota es entender que el país no es una abstracción, sino la suma de millones de vidas que comparten un espacio, una historia y un destino. Y es precisamente esa suma la que debe guiar nuestras decisiones y prioridades.
El patriotismo auténtico también exige altura de miras y sentido común. No puede existir amor a la patria sin respeto hacia quienes la conforman, especialmente cuando piensan diferente o imaginan un modelo de país distinto al propio. Vivimos en sociedades diversas, y esa diversidad no es una amenaza sino una gran oportunidad y riqueza. Ser patriota implica tener la madurez suficiente para comprender que nadie posee la verdad absoluta y que construir un proyecto común requiere dialogar, ceder y encontrar puntos de encuentro. Es intentar encajar todas las piezas, incluso aquellas que parecen no corresponder a nuestro molde inicial, porque una nación solo se fortalece cuando se construye desde la inclusión.
Además, ser patriota es invertir en el propio país, ya sea trabajando, emprendiendo, participando en iniciativas comunitarias o cumpliendo con las obligaciones fiscales. Pagar impuestos, lejos de ser un gesto de resignación, es una forma de contribuir a que todos —desde quienes más tienen hasta quienes menos recursos poseen— disfruten de servicios públicos dignos. Hospitales, escuelas, carreteras, sistemas de protección social: todo ello existe gracias al esfuerzo colectivo. El patriotismo se manifiesta en el compromiso con ese esfuerzo común, incluso cuando no se obtiene un beneficio directo o inmediato.
Informarse es otro pilar fundamental. No se puede amar lo que no se conoce. Ser patriota implica preocuparse por el país, comprender cómo funciona, seguir de cerca lo que ocurre en él y formarse un criterio propio basado en hechos y no en consignas. Mantenerse informado es una forma de responsabilidad cívica y una herramienta para detectar injusticias, exigir mejoras y participar de manera crítica y constructiva en la vida democrática.
De igual modo, el patriotismo se revela en los momentos de dificultad, cuando se requiere arrimar el hombro sin esperar nada a cambio. Las emergencias sacan a la luz las verdaderas motivaciones de las personas: mientras algunos actúan movidos por la solidaridad genuina, otros buscan protagonismo o reconocimiento público. Esto se vio tras la DANA de Valencia, cuando numerosos individuos acudieron supuestamente a ayudar. No cuestiono la ayuda que pudieran haber aportado, que puede ser valiosa, sino su actitud al grabarse o fotografiarse durante sus labores con el propósito evidente de difundir su supuesta generosidad. Convertir el sufrimiento ajeno en escenario para proyectar una imagen pública no solo es moralmente reprobable, sino que contradice por completo la esencia del patriotismo. La ayuda auténtica no necesita aplausos; su recompensa es la mejora de la vida del otro, no la acumulación de likes y mucho menos los beneficios económicos que de éstos deriven.
El patriotismo, al contrario de lo que muchos creen, no consiste en atacar al que piensa diferente, ni en imponer una identidad única como si fuese la única válida. Tampoco se mide por el tamaño de los símbolos que uno exhibe, ni por la intensidad con la que se grita el nombre de la nación. Una bandera más grande no implica mayor compromiso ni más amor por el país. Las formas vacías pueden impresionar, pero son las acciones las que construyen patria.
Defraudar impuestos, despreciar al que piensa distinto, promover el enfrentamiento entre compatriotas o lucrarse a costa del bienestar colectivo son actitudes opuestas al patriotismo. Quien actúa así no ama a su nación, sino a sí mismo. La patria no es su comunidad, sino su bolsillo. Estos falsos patriotas abundan: utilizan el término como arma arrojadiza, como escudo político o como mecanismo para ganar reputación y dinero. Pero sus actos los delatan. No construyen, sino que destruyen; no aportan, sino que drenan; no unen, sino que dividen.
Frente a ellos están los patriotas silenciosos, aquellos que rara vez se autoproclaman como tales, pero cuyas acciones diarias sostienen y dignifican a la sociedad. Personas que trabajan, ayudan, pagan impuestos, escuchan, respetan y se informan, sin necesidad de posar para la cámara ni pregonar su virtud. Son patriotas porque creen en su país y lo demuestran a través de actos que mejoran la vida de los demás. Son personas corrientes, como mi mejor amigo y como yo, que siempre que podemos intentamos no solo mejorar nuestro entorno o país, sino también el mundo que todos habitamos. Hay momentos en los que es necesario reivindicar que el verdadero patriotismo no es invisible, aunque no busque protagonismo.
En definitiva, ser patriota significa comprometerse con el bienestar colectivo, cultivar el respeto y la solidaridad, y actuar con responsabilidad y coherencia. Es entender que el país es una construcción viva y compartida, y que todos —absolutamente todos— tenemos un papel que desempeñar. El patriotismo genuino no necesita etiquetas ni espectáculos; se manifiesta en la honestidad, en la empatía, en el esfuerzo y en la voluntad de construir un futuro mejor para quienes vendrán después.
Ser patriota, en su forma más elevada, es hacer patria cada día. Y hacer patria es trabajar para que todos, piensen como piensen, vivan en un país más justo, más solidario, más sostenible y más humano.



